martes, 8 de marzo de 2011

Flasheada.

Una pequeña historia de dos amigos.

Vamos a escapar de la realidad.

El día era soleado en los canales de Venecia, el calor era intenso, pero debía continuar buscando. Detrás de mi, un aluvión inesperado arrasaba con una velocidad indescriptible, mis piernas no se comparaban con tal rapidez y la desesperación de no poder encontrarlo me obligó a saltar.
La densidad del agua, me inmovilizó unos minutos. Descendía mientras la luz del Sol se apagaba lentamente.
En la oscuridad alcancé a deslumbrar una tenue luz; comencé a nadar hacia ella, sólo quería escapar de mi realidad. Me alegré al saber que la superficie sería mi destino; pero uno inesperado.
En la orilla caminé sin conocer la dirección, el cielo era de un color verdoso igual al poco pasto que cubría la arena. Perdí el conocimiento del tiempo, la arena había desaparecido; me encontraba en un campo incierto, y yo, seguía sin poderlo encontrar.
A los pocos segundos, pude divisar una puerta de roble sólida. Tenía unas talladuras en la madera muy particulares, pero lo que llamó mi atención fue el picaporte de la misma: Un relieve pirograbado con forma de dragón, en el más delicado cristal, incrustado con un diamante como ojo. Su color verde me atrajo.
Al girar la perilla un viento surgió desde mis espaldas y la oscuridad de la habitación recubrió mi mundo inundándolo completamente en soledad. Perdido en esa inmensidad, noté una puerta abrirse y una luz blanca irrumpió en la habitación. Lo encontré.


La luz del Sol penetró por la ventana de mi habitación, interrumpiendo mi llanto. Es de día. Otro día en el que deseo estar muerto. La pena y el lamento de tener que ver a mi familia de nuevo y la desesperación de vivir siempre lo mismo me obliga a querer escapar de la realidad. Bajé a desayunar y encontré al adefesio de mi madre desplomada sobre la mesa, totalmente ebria. En la otra punta de la cocina se encontraba la maldita cucaracha de mi padre intentando usar el tostador. El cual había dejado de funcionar cuando intentó matar a mi hamster.
Salí de esa casa infrahumana en cuanto pude, y comencé a caminar, para ir a encontrarme con él.
Me puse los auriculares y comencé el viaje.
Recorriendo paisajes, lugares, historias, llegué a un sitio en donde nunca había estado; pero de alguna manera sabía que existía y que tarde o temprano, lo conocería. Un amigo así nunca se olvida.
Las baldosas del mármol y el pasto que crecía entre ellas se dirigían a la entrada de una plaza, que se encontraba abierta. Todo me es tan familiar y a la vez tan inusual.
Continué caminando, observando cada detalle, sabiendo que estaba muy cerca de encontrarlo; mientras observaba uno de los juegos que colgaban, me topé con un árbol muy particular. En este enorme roble se refugiaba una puerta, cuya textura era una obra de arte. Lo que más captó mi atención fue el picaporte.
Un relieve, que parecía cincelado con forma de dragón, en el más delicado cristal, incrustado con un diamante como ojo. Con el color celeste del cielo.
Giré la perilla y perdido en esa inmensidad noté una silueta conocida. Lo encontré. Viejo amigo.


Camila Vidos y Facundo Fussinato.

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