domingo, 24 de febrero de 2013

Así, con el más sutil de los accidentes, Douglas supo que aquel día sería distinto. Sería también distinto porque, como explicaba su padre  mientras lo llevaba con su hermano Tom, de diez años, fuera del pueblo, había días que eran sólo un aroma, y el mundo entero entraba y salía por la nariz. Y otros, dijo después, eran días de oír trompas y trinos del universo. Algunos días eran buenos para gustar, y otros para tocar, y otros para todos los sentidos a la vez. Y ese día, asintió Douglas, olía como si una huerta enorme y anónima hubiera crecido de noche más allá de las colinas, cubriendo el mundo con su cálida frescura. El aire olía a lluvia, pero no había nubes. De pronto un hombre cualquiera podía reír en los bosques, pero reinaba el silencio

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