Corría. En mis manos llevaba a mi conejo-cabra. [tenía el cuerpo más parecido al de una cabra, no tan grande. Peludo, con orejas de conejo pero emitía sonido de cabra.]. Nos escondemos. Él me acaricia con una de sus orejitas. Estábamos enamorados. Mis dedos pasaban suavemente entre su piel, y con seguridad le decía que nadie nos iba a separar. Nos encontraron. Corrimos nuevamente, pero estábamos encerrados en una especie de laberinto, hecho de chapas filosas y oxidadas, entre las que se asomaba vagamente el sol [vale aclarar, escenario repetido en varios sueños]. Con sus ojos me transmitía miedo, como si... supiese que algo estaba mal. Yo volvía a acariciarlo. Afuera se escuchaba un tumulto, disparos. El resto no aceptaba lo que estaba sucediendo dentro del laberinto [a veces la gente es tan cerrada a nuevas posibilidades].
Un nuevo contacto visual, una pasión prohibida para el resto.
Se escucha que entraron al laberinto. El sol entra con toda su fuerza, encegueciéndonos.
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